martes 6 de septiembre

Un día este libro se presentó y Sabrina Usach, poeta brillante, dijo esto que sigue. "Espíritu nacional", no puedo sentir menos que felicidad y agradecimiento.


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Después de leer Para siempre a ese fantasma, me queda la certeza de que la palabra y el fuego son la justa combustión para el origen de una mirada que se proyecta hacia La Historia y se apoya en eso que ilumina la imaginación; sí, es ésta la materia fatua de la que se retroalimenta la poesía de Damián, la memoria, la conciencia de pisar El Tiempo. Creo en esto, porque él comienza su libro con la imagen de soltar un pájaro en el origen junto a un fuego que ahora estira los brazos hacia…”, y también “dejar el corazón arriba de una piedra” o “atreverse a enterrar el nombre propio”, como si estos gestos fuesen el rito necesario para tener los ojos desnudos, aptos para mirar hacia afuera: a la realidad. Y acá empieza a rodar la idea de que “La poesía es una de las tantas realidades de la vida”, al decir de Eugenio Montale. 

La voz que crea Damián es una búsqueda de verdad en donde el humano canta lo que lo une a la humanidad. Y esa humanidad es, en este libro, la dinámica familiar y también social, en tanto corriente subterránea del “espíritu nacional” del que habla Joaquín Giannuzzi. Es más, el poeta hace convivir estos dos universos. Aquí es posible ver con los ojos bien atentos un mismo fuego discursivo donde el ser observa el devenir de su propia condición de hijo con un padre/de un padre con un hijo, pero siempre unido temporalmente a las cosas del mundo, a la década que marcó la adolescencia de quienes nacimos a mediados de los 80, al contexto social de quienes un día buscamos el amor nacional que nos dejaron nuestros “inhallables” y que crece como un árbol cuyas raíces rompen los cimientos; y ese crecimiento se expande en las generaciones, en un hombre que toma a su hijo de la mano y le canta sus verdades, lo anima a pisar la realidad, siendo a la vez hijo de un fantasma que es presencia y fuente de aprendizaje al punto de agachar humildemente la cabeza, tomar un lápiz y escribir un poema donde todos estén vivos o “proyectar el pasado como una obra donde los actos puedan repetirse”. 

Si la poesía de Damián tiene una marca objetivista, también es cierto que el poeta imprime trazos personales de su escritura que renuevan cualquier paradigma estético y que lo hacen aún más comprometido con la conciencia del acto creativo. “un pájaro de fuego que vuelve al humo debe cantar para siempre”, dice Damián, como si la estirpe pulsara por decirse todo el tiempo; o mejor, como si la poesía fuera capaz de renovarse permanentemente en distintas formas. Creo que esto no es otra cosa que la idea expresada por Agamben al decir que el objetivo del poema es dejar que el lenguaje se comunique a sí mismo; porque la voz que se manifiesta en los poemas pone en crisis al mismo lenguaje desde el momento en que hace convivir la experiencia vital de la mano de la experiencia poética. Todo se dice desde la poesía porque la realidad no puede ser observada sin ciertos hallazgos que son la recuperación de lo vivido, la memoria: “Ya nadie mira el mar sin verse desde afuera como un faro/ o un deseo. por eso los humanos recorren los sueños/ para sentarse sin temor en sus orillas”. 

Damián se sienta en la orilla del lenguaje y desde ahí propone un canto, dice al hijo “No abandones el fragor de la belleza, la canción de furia aunque duela”, porque sabemos: ahí donde hay oscuridad y horror, hay que “hacer agua para que nuestros jardines crezcan” como el sueño de un niño peronista observando desde un árbol cómo corre la vida aferrados a fantasmas que no abandonan su nexo con este mundo, con ese hijo, con esa compañera que abriga los días. Para siempre a ese fantasma, entonces, viene a nosotros, hoy, como un puño que entona su propia voz en la marcha de la poesía. 

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