jueves 4 de agosto
Hace dos años colaboro en un proyecto de audioguías para el predio de la ex ESMA y sus alrededores. Mediante una app que se llama Izi travel los visitantes pueden recorrer la zona escuchando una serie de audios que combinan historiografía, testimonios, música, ficciones. Por un lado, la tecnología al servicio de los fantasmas, del incendio de las huellas; una nueva versión sobre el tiempo y la memoria, desplegadas como simultaneidad. Como si el aire se abriera, como en ese poema de Strand, y por allí pudiéramos ver un aleph o un espejo del cielo. Como si el orden con el que organizamos el mundo fuera su reversión; su arquitectura de fantasma, como diría, si no me equivoco, el gran Héctor Libertella. Por otro, dos líneas simultáneas e intercausales: la tecnología para vehiculizar los pensamientos y los modos de percepción que ella misma posibilita. Algo así como "podemos pensar en muchas cosas o abrir muchas pestañas a la vez para poder pensar en muchas cosas o abrir cientas de pestañas a la vez".
Este preludio fue para decir que suelo hacer un ejercicio con bastante regularidad: cuando salgo a la calle los primeros días de primavera trato de imaginarme la plaza del barrio como si estuviera en la década del 70 o 60 o 50. Es solo una cuadra, un pasaje. El resultado, quizá por la contaminación del cine y los procedimientos de flashback más rústicos, siempre se parece o se replica. Es mi modo de hacer magia, de engañarme para respirar profundo. De repente el aire se enrarece y los agudos se exacerban, todas las hamacas cantan a la vez, es la escena de Terminator antes de la bomba pero sé que la bomba no va a caer. Un parpadeo sepia, una obra de arte conceptual del estilo "imagina esta frase en blanco". ¿Alguna vez hiciste que el aire cambiara de color?
Acá está el libro que no escribí, su descompresión. Que en esta página podrían vivir nuestros fantasmas. Por ejemplo el mío, que hasta hace unos minutos ni siquiera era un pensamiento.
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